Había quedado con mis amigos para cenar en un bar cerca de Chamartín y llevaba ya media tarde pegado al reloj. La típica historia: trabajo acumulado, tareas pendientes y esa absurda manía que tengo de apurar hasta el último minuto antes de salir. Así que cuando por fin llegó la hora de salir de casa, pillé casco, cazadora, llaves y me lancé corriendo hacia la moto, aparcada justo delante del portal. La verdad, con tanta prisa apenas revisé lo que llevaba encima.
Nada más arrancar noté el frío en las manos, pero pensé: «Son solo diez minutos, no pasa nada». Como mucho, llegaría con las manos algo frescas y ya está, aguantaría sin problema. Al fin y al cabo, ya lo había hecho otras veces y tampoco es que fuese el fin del mundo. Además, como llevaba retraso no quería ni plantearme volver a subir a casa.
Grave error. Apenas dos calles más adelante, mientras cruzaba la avenida principal y empezaba a notar esa brisa fría que cala, empezó a chispear. «¿En serio?», pensé, intentando convencerme de que serían cuatro gotas tontas. Pero no, la lluvia fue a más, y esas gotitas, que parecían tan insignificantes al principio, empezaron a clavarse en mis manos desnudas como alfileres.
Intenté apretar los dientes y aguantar el tipo, pero después de apenas un par de minutos el frío y el dolor se habían convertido en algo insoportable. Tenía las manos rojas como tomates y sentía cada golpe de lluvia como un latigazo. Para colmo, el viento aumentó, haciendo que todo se multiplicase por mil. Intentaba mover los dedos, pero cada movimiento era un suplicio. Y entonces lo supe: no iba a aguantar los diez minutos así, ni de coña.
Me resigné a dar la vuelta, maldiciendo mi cabezonería. Regresé a casa hecho una furia, empapado y con las manos medio entumecidas, ya sin apenas sensibilidad. Subí corriendo, cogí los guantes (que estaban donde siempre, encima de la mesa del salón) y volví a bajar a toda velocidad.
Cuando por fin retomé el camino, obviamente ya era demasiado tarde para llegar puntual. Llegué al bar cuando mis colegas ya iban por el segundo plato, empapado, con la moral por los suelos y el orgullo tocado. Nada más entrar empezaron las bromas: que si soy un novato, que si parezco nuevo, que si cómo se me ocurre salir así con el frío que hace…
Aunque me tocó aguantar la guasa durante toda la cena, reconozco que tenían razón. Por mucho que tengas prisa, que pienses que es un trayecto corto o que creas que lo puedes aguantar, no hay excusa para subirse a la moto sin guantes cuando hace frío y llueve. La verdad es que esos cinco minutos de terquedad me hicieron perder media hora entera y, lo peor, me dejaron las manos doloridas durante todo el día siguiente.
Así que aquí va mi consejo, de motero a motero: da igual si vas a la vuelta de la esquina o al fin del mundo, si está lloviendo o hace frío, coge siempre los guantes. Esa pequeña incomodidad inicial de subir a buscarlos te va a ahorrar mucho sufrimiento después. Créeme, sé bien lo que digo.
Dando Gas - 2025